En el mundo contemporáneo, la información tiene una relevancia mucho mayor que el factor material. Durante los hechos en Crimea, y en general en la situación en Ucrania, la confrontación informativa lo decide ahora prácticamente todo.
El deber y el juramento: un factor moral
El juramento de fidelidad al pueblo de Crimea, prestado por el contralmirante Denís Berezovski fue una de las mayores sorpresas del domingo 2 de marzo, y el testimonio más patente del estado moral de las fuerzas armadas de Ucrania, sobre todo de su Armada en Crimea. La medida inesperada de Berezovski fue el segundo escándalo mayúsculo, protagonizado por oficiales de alto rango de la Marina de Guerra de Ucrania en la semana. Días antes presentó la renuncia el jefe del Estado Mayor de Ucrania, almirante Yuri Iliyín, designado a mediados de febrero para el cargo de comandante en jefe simultáneo de la Armada. El 27 de febrero, el almirante debió ser hospitalizado a raíz de un ataque cardíaco. Según informaciones, esto fue precedido por la conversación mantenida con el alcalde de Sebastopol, elegido por el pueblo, Alexéi Chaly. Ilyn se disponía a exigir la renuncia de Chali pero no logró nada. El 1º de marzo, Denís Berezovski fue nombrado Comandante en Jefe de la Armada de Ucrania, y al día siguiente cerraba filas con las autoridades de la República Autónoma de Crimea.
El ejemplo de Berezovski fue seguido por toda una serie de oficiales de la Armada de Ucrania, paralizando en los hechos esta rama. Las razones de tal fuga de los marineros ucranianos deberán ser investigadas aún, detalladamente, aunque el trasfondo general es bastante claro.
En la Marina de Guerra de Ucrania ha venido generándose por años la situación correspondiente, caracterizada por la degradación de la flota, los sueldos miserables de los oficiales y la ausencia fáctica de preparación militar. Todo ello sirvió de potente factor desmoralizador, el que se intensificaba a raíz de la conciencia de que la flota del mar Negro de Rusia se sentía, en general, mucho mejor incluso en los años de mayores privaciones. Y con el reajuste de los emolumentos a los oficiales en 2011-2012, la situación cambió mucho más radicalmente. Los capitanes ucranianos de navío recibían menos que sargentos los rusos contratados, lo que por cierto priva a los primeros de todo deseo de servir al Estado ucraniano, y sacrificar al mismo tiempo el estómago.
La culminación fue, por último, la ausencia total de órdenes congruentes desde Kiev, en el contexto del arribo operativo a Crimea y de la distribución de “personas gentiles”, léase matones, en centros claves. Combinado con las conversaciones en los lugares, ello sirvió para evitar pérdidas de uno y otro lado, sin considerar los heridos de los choques del 26 de febrero, el paso del poder en Crimea, y la elección del nuevo presidente del consejo de Ministro, a saber, de Serguéi Aksiónov. Todo ello contrasta, como el día de la noche, con los numerosos días de combates en Kiev, y ejerció obviamente su influencia. Y es que el panorama de las calles de Simferópol fue el contraste ideal con los tonos “rojinegro” de la plaza Maidán de Kiev.
¿La frontera en el Dniéper o en Perekop?
Después de los hechos del 1º de marzo, cuando el Consejo de la Federación, el senado de Rusia, autorizó al presidente el empleo de las tropas para la defensa de los ciudadanos de Rusia, de los compatriotas, y para la estabilización en Ucrania, una cuestión clave fue la posibilidad de la ampliación de la zona de operaciones en el Este de Ucrania. Los medios de difusión se colmaron de inmediato con informaciones sobre el tema correspondiente. A juzgar por la frecuencia con que las tropas rusas habrían sido notadas en el Este de Ucrania, desde el litoral del mar de Azov hasta la provincia de Járkov, muchos querían sobremanera la plasmación de tal escenario. Y ello porque permitía hablar de una guerra contra Ucrania. Simultáneamente sobrevino un estallido de informaciones de la movilización general en Ucrania, matizada con fotografías más falsas que el alma de Judas.
En cambio en Crimea mismo, por el contrario, la situación se tornaba cada vez más tranquila. Al atardecer del 1º de marzo, en Sebastópol se daba fin a una fiesta que había reunido también a invitados de otras ciudades de Crimea. Y los emblemas ucranianos que aún quedaban en algunas instituciones, eran reemplazadas definitivamente por tricolores.
En esencia, la situación del presente está determinada por la respuesta a dos interrogantes. En primer lugar, ¿decidirá Kiev emplear realmente la fuerza militar en Crimea, y de ser afirmativa, cuál? Y la segunda: ¿cuál será la correlación final de fuerzas en el Este y el Sur de Ucrania, sobre todo en aquellas provincias donde los activistas de la antiMaidan lograron izar banderas rusas en los edificios administrativos? Con este trasfondo, en el espacio informativo ucraniano ha surgido una nueva tendencia: después de la semana de euforia generada por las “victorias de la Maidan”, el poder fáctico y la prensa se acordaron de pronto de la existencia en Ucrania de los rusos, y comenzaron a invocar la paz interétnica y la unidad, la misma que hasta ahora venían destruyendo junto con los monumentos y la martirizada “ley de idiomas”.
Sin embargo, los hechos diarios anulan el poder de convicción de esta tendencia. Y es que nadie la revocado las amenazas de los ultras de la Maidan de poner orden con la fuerza en el sureste del país. Confiamos sobremanera en que a nadie se le ocurra y se atreva a correr el riesgo de poner orden de esa manera en Crimea pues, chocarán con roca y las consecuencias pueden ser impredecibles.
La Voz de Rusia

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